HISTORIAS DE AGUA EN EL RÍO SIN TRATO

HISTORIAS DE AGUA EN EL RÍO SIN TRATO

POR Karina Rivas Cardona, geopoeta - escritora decolonial

Video por Made In Chocó

 

Es domingo de Cumbancha en el Chocó, el calor me ha despertado, un viento seco de selva húmeda tropical me obliga a abrir los ojos a un atardecer inhóspito; me levanto y siento el sudor que me enjuaga la piel, recordándome de inmediato el lugar que habito, trayendo en contexto al Quibdó chocoano, la primera diáspora del Abya Yala. (Abya Yala es el nombre más antiguo hasta ahora conocido referido al continente americano. Cuyo significado en idioma Kuna es "tierra de sangre vital''. Las naciones originarias indígenas tenían una idea de tierra propia, como no separable de lo humano).  

El destino del secuestrado esclavizado, el destino de nuestras abuelas prietas africanas. No olvidamos. Vapores de calles no asfaltadas, de calles no calles, se colaron entre memorias de tiempos que no perecen; entraña mi olfato el terrible hedor del alcantarillado ausente, de tubos inconclusos que no conducen agua pero sí destilan la riqueza amangualada de quienes dirigen y mandan, ciudad capital sin acueducto, improperios de la modernidad, oirán decir. Segundo lugar de mayor pluviosidad en el mundo, ¡sin agua potable!, dos mil quinientos ríos envenenados de sangre, cianuro y mercurio.

Dos océanos abrazan el departamento del Chocó, único territorio de este país de gobernantes perpetradores del racismo, cómplices del abandono de Estado y consecuencia, la muerte de sus gentes en la miseria. SIN AGUA PARA BEBER - TENEMOS SED.

Treinta y cuatro grados de sensación térmica me levantan del ensueño, y con él, despierto a la pesadilla de todos los pueblos negros. El tiempo no tiempo me lleva al mirador, parece estar anacrónico y detenido en mil ochocientos diez el Chocó, desde Wontanara nuestro Hostal Afro cultural (significa, Todes juntes, en idioma "Sousou" del milenario pueblo de Guinea-Conakri, llamado así en la colonia, que reparte a la madre África, como el pastel de mierda que se come la supremacía europea blanca) veo, la organización desorganizada y las reflexiones sobre las juntanzas de las mujeres negras, parecen lejanas, viajan hasta Alemania. Añoro a mis hermanas... En el Atrato, a escasas cuatro cuadras de casa, fueron encontradas sin vida dos mujeres negras violentamente asesinadas, empaladas, manoseadas, torturadas.

Elevo la vista, recibiendo con gratitud la belleza de las nubes de un colorcito cálido, entre magentas, rosa-naranjas y rojo-amarillas con sutil violeta dejo que las memorias de todas las mujeres se vayan. Dicen los viejos que son los de aquí, los del Chocó, los atardeceres más bellos que el mundo jamás vio. También afirman que las ancestras reposan en el filo de la inmensidad y allí pintando las nubes color oro, nos recuerdan la grandeza de nuestra ascendencia.

Sobrevolando el majestuoso río Atrato, veo desde mi balcón, una enorme bandada de pájaros de

vivo color, el verde azulado y turquesa de sus plumas en alas abiertas, me genera una enorme sensación libertaria, mientras niños y niñas prietos regresan del río en esta tarde de domingo, brincando entre los charcos de agua retenida, agua blanca retenida, sucia y putrefacta; los alegres niños prietos, saltan cual gotas de aguacero, las niñas bailando con los pies rucios y la barriga frutiada, de ombligo floriado y ropitas ligeras.

Salgo a la calle como invitada, deseosa de refrescarme, y la sensación de calor no merma, es un fuego que hace brasas mi akokan (corazón) como dirían el pueblo africano Yorubá, ahora Nigeria y volvemos a toparnos con el maldito vicio esclavista de nombrarnos, de borrarnos. Salgo, salgo, camino, paso a paso, acelerones del tramo, como huyendo del sol, de Olorum, protector ancestral de los cielos.

Camino acelerada entre calles muchas sobrepobladas, de motocicletas, como en la India; de gente negra, como en África, de frutas, maderas, minerales, comidas que el mundo se hace el que ignora, pero aún así, las usufructúa. Calles no calles se abren a mí, merodeadas por el descendiente del amo, que ahora porta sombrero, carriel y poncho, blanco, de camisa con botones abierta al pecho y un collar de Santos, al mejor estilo del paramilitarismo paisa colombiano, como un recuerdo perenne de la bota en el cuello que aprisiona "las caras lindas de mi gente negra" contra el suelo de las calles no calles.

También hay sombrillas, faldas floridas, turbantes y una interminable fila de necesidades y vulneraciones se aglomera sin mascarilla, el tapabocas sobra donde abundan las humillaciones sociales, los traumas en cabeza alizada, en nalgas operadas y cejas pintadas. Mujeres negras racializadas, permeadas por la belleza de eurocéntrica mirada, banalizadas, cosificadas, banalizadas, desarraigadas, banalizadas. Dosificadas. He sentido quebrarse mi generación, cuando las mujeres se permiten ser convertidas en clon.

Intento huir, sintiente del espíritu de todas mis maes, paridoras "útero a útero" de las prietitudes de esta latitud, intento correr y la brisa me detiene, obligando a mi paso a cambiar de dirección, entre el acoso callejero de los hermanos en el territorio primero, y la recalcitrante contradicción que es el machismo negro, el afropatriacado no nombrado. La violencia brutal del hermano.

Me dirijo al río, Yeyeo - Madre Oshun para la cultura Yorubá, el río me llama, es mi destino. El olor a corteza de árboles mojados, henchido de nostalgias invadió la sensibilidad de mi nariz, irrumpiendo en el olfato ausente posterior al virus de la plandemia; tan lastimada está la retina que se acostumbra a la oscuridad, que la luz le duele al parpadear. Y no se queja… Ojos adoscilados, corporalidades dóciles, atentan contra la cimarrona resistencia.

En el malecón que custodia el afluente, se sienten pasos del pasado, allí me paro, atenta en la distancia discreta de quien observa, justo finalizando las escalinatas que conducen al agua, un hermano, le faltan dos dientes de arriba, me siente llegar, voltea y atento me saluda,

    —Señoo.

    — Ayuupi —le respondo; él, apurado resolviendo el día a día, flota azaroso en una champita, palanquero ha de venir de río abajo, quizás de Bojayá, Ashé, o de Beté donde los peces salen a ver, o de repente, de dónde era mi abuela Manuela Becerra, de Bebaramá.

Lo veo envuelto en plátanos, amotinado de cajas de cervezas industriales que viajan en el Atrato para las comunidades ribereñas indígenas y negras, como anzuelos para mantener la mente distraída, no despierta. Bultos de frutos de la región como chontaduros, troncos de papachinas, ñames en abundancia y yucas gruesas, caimitos regados en el fondo del navío, pilas de marañones, badeas, achines, naidys, aguacates de tamaños impresionantes, pepas de pan, maracuyás, guayabas agrias, bananos de toda clase, mamoncillos y docenas de mangos carnosos, rojos vivos, maduros, lo acompañan… Y yo ahí, tan parada, tan baldía, tan sexualizada, tan prohibida. Sanando. Tan silenciada e incorrecta. Pensando, siempre pensando.

En la cornisa de una embarcación corroída por el moho y el óxido, entre las tablas y latas que recubren el techado, dos viejos oran y meditan; intuyo que piensan sobre la vida qué indecible transita en sus memorias longevas. Ella, la negra vieja, empuña un rosario de la iglesia católica en sus manos, eterna espiritual colonia; entre la maleza, allá en la distancia, ella, parece morir cada que eleva el salmo en alabanza. La concentración en la oración debería generar el éxtasis que dan los orgasmos. Venirse espiritualmente, de algún lugar ataráxico. Relatos paridos en el país de las lluvias susurrantes.

Recuerdo especialmente los muertos, el río siempre me lleva a la bifurcación entre la vida y la no vida, me invita a morir y elevar mis cantos; el chirrido de una motocicleta, estridente en su frenar, me distrae de mi momento espiritual, como un grito de mamá, me hace querer voltear a mirar, tres cajas grandes de licor extranjero, amarradas en el asiento del pasajero y allí con moto en mano, el conductor, un hombre blanco joven bronceado de obrero, muy asustado intenta mover su vehículo motorizado mientras grita por ayuda, ahogado, para rescatar de entre sus llantas, a una pequeña niña indígena que llora desconsoladamente con ambos piesitos debajo de ellas, mi akokan nuevamente se quiebra, maldigo con fuerza ancestral la desgracia que trae consigo el racismo estructural, que no aterriza las infraestructuras del estado colombiano en sus territorios diasporados, un hospital digno, de calidad, para cuatrocientas mil personas afro, NO HAY.

Allí parada, viendo el río fluir lentamente, apelo a la calma, y el recuerdo de las muertes, es insistente en sobrevivir entre mis cavilaciones, regresa... Una mujer prieta, el río Atrato y un marido desaparecido. La minería ilegal delante del oro, atrás, la terrible fuerza paramilitar, y ella, angustiada, lo da por perdido, sin embargo va a lavar todos los días al río y se viste de esperanza con la camisa del marido. Anhela verlo de nuevo. Lava, lava, lava, un día, otro, otro día... Tanta agonía de esa mujer que ritualiza sus heridas, en una práctica de limpia, en las aguas dulces de Mamá Oshun.

Doce días de espera, ella, con la batea alzada sobre la cabeza y todas las ropas limpias, lleva puesta su prenda mas especial, esa camisa, porque le recuerda la libertad que trae consigo amar, un lugar que ellos, los malos blancos, no pueden violentar, no pueden colonizar... como esperándolo a él, con su camisa puesta, queda mirando fija la corriente de orillas distantes y lo ve pasar a él flotando boca abajo, con los ojos pardos como pescado de ciénaga, el buche abierto y una estela de tripas tornasoladas que se extienden entre el último abrazo, y este inesperado reencuentro.

Ella recibe del río, el cuerpo sin vida de su negro marido.

Historias de agua, en el río sin trato.

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